Yaiza Pequeño ♡

Somos gotas de agua en el océano

La probabilidad de venir al mundo siendo mujer es de un 50%, por ejemplo, y la probabilidad de haber tenido los ojos azules se reduce un poco, pero sigue siendo relativamente alta. Sin embargo, la probabilidad de que tú, que estás leyendo esto cómodamente a través de la pantalla de tu móvil o de tu ordenador, hubieses nacido en Siria, o en cualquier otra parte del mundo donde el día a día se ha convertido en una verdadera pesadilla, es exactamente la misma que la de haber nacido aquí. No obstante, ya desde hace un tiempo tengo la ligera impresión de que creemos que vivimos en otro planeta completamente ajeno a lo demás, o al menos eso es lo que parece.  Nos creemos que gozamos de un mayor derecho a vivir que todas esas personas iguales a nosotros, que viven (si es moralmente correcto utilizar el término ‘vida’ para referirnos a eso) entre explosiones, muertes, gritos y llantos. Porque cuando vemos en las noticias un nuevo ataque en uno de estos lugares parece como si ni una pizca de humanidad habitase en nuestros corazones.

Nadie nace odiando a una persona por su religión ni por su color de piel. La gente que odia, tiene que aprender a hacerlo y se aprende a amar igual que se aprende a odiar. Y es que fomentamos el odio en lugar de implantar, valorar y premiar el amor. Cada una de las personas que constituimos este planeta, que nos creemos muchas veces el ombligo del mundo, somos tan insignificantes como lo es una gota de agua en el océano o un grano de arena en el desierto. Eso somos. Nada más que eso. Pero cuando se trata de ver como otras gotitas comienzan a desaparecer lo fácil es cambiar de rumbo y dejar que nos lleve la corriente… siempre será mejor y menos complicado.

Me encantaría que cada uno de nosotros perdiésemos la cuenta de los besos que hemos dado, de las películas que hemos visto y de los libros que hemos leído… y no de cuantas personas han muerto a manos de otras que no tienen miedo a la muerte, pero que nos han inyectado en vena el miedo a vivir.  Me estremece pensar en el daño que estos seres están haciendo a nuestro planeta indiscriminadamente sin importarle nada y con el único objetivo de hacer el mayor daño posible. Da miedo y asusta, porque a estas alturas de la película, la realidad ya supera, y con creces, la ficción.

Me produce una inmensa y desgarradora tristeza pensar que algo así continúe ocurriendo y forme parte de nuestra cotidianidad y casi ni nos extrañe que alguien albergue tantísima rabia y maldad dentro de sí mismo. Y no puedo parar de pensar en la suerte que tenemos y no valoramos cada vez que paseamos por nuestras calles, besamos a nuestras familias o abrazamos a nuestros amigos. Hay personas en muchas partes del mundo que no conciben que algo así pueda ocurrirle a ellos.

No me digáis que no es terrible, porque yo cada día pierdo un gramo más de fe en la humanidad, que está dejando de serlo a pasos agigantados.  Como también los niños están dejando de serlo para convertirse en algo mucho peor que ser adulto… Como muchos de ellos ni siquiera han podido experimentar nunca lo que es un beso de buenas noches, un beso en la mejilla o un abrazo de esos que te animan y te rescatan de los pozos más profundos y oscuros. Detalles que ignoramos sin pensar ni un solo segundo en que puede ser el mayor deseo de un niño que no vive tan lejos de ti. Que lo único que nos separa de ellos es la distancia, y lo único que nos diferencia es ese incesante miedo en sus ojos, porque personas somos y personas hemos nacido y todas tenemos el mismo derecho a vivir. Aquí, allí, y en todas partes.

Yo no puedo creerme cómo alguien es capaz de arrancar de cuajo algo tan bonito como la infancia de un niño. Cómo hemos sido capaces de tolerarlo y seguir con nuestras vidas como si nada a nuestro alrededor tuviera que ver con nosotros. Por eso, queridos, tenéis dos opciones: alimentar el odio o premiar el amor. Ignorar lo que veis cada día en vuestras televisiones, o promover el cariño, la lucha por vivir, por salir adelante. Y es que parece que en este mundo donde la tecnología se ha adueñado de absolutamente todo y donde casi tenemos que pedir permiso a nuestros followers en las redes sociales para expresar nuestra opinión, hemos olvidado lo que nos caracteriza como seres humanos: el apego, el cariño… porque todos nosotros nacemos  con la necesidad de sentirnos queridos y si eso no existe, nuestras vidas están destinadas al fracaso. 

Abre los ojos y mira a tu alrededor, aprecia lo que tienes. Valora a tus amigos, valora a tu familia, valora el hecho de tener que pasarte la noche entera estudiando para examinarte de una asignatura, aunque te la pases maldiciendo todo lo que atraviesa tu mente en ese momento, porque hay personas que no saben ni lo que es un libro. Valora incluso los momentos de pura tristeza en los que todo lo ves negro porque desde un sitio no tan remoto como creemos, hay millones de personas rezando por lo que nosotros tenemos.

No os habla la voz de la sabiduría ni tampoco la voz de la experiencia, pero os habla la voz de mi parte más humana que está preguntándose una vez más qué hemos hecho tan mal para que el odio domine al amor, muerta de pánico por si algún día la rabia coge el mando del mundo y termina definitivamente con él.




Gracias por leerme.
Yaiza.

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